domingo, 27 de julio de 2014

ARÍSTIDES ROCHA, AUTOR DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD (II y final)

Sugirieron que me tomase un descanso, sin sueldo por supuesto, y lo acepté sin rechistar. Sólo quería disponer de más tiempo para terminar aquella novela que me estaba sorbiendo el seso. Calculé que mis ahorros podrían proporcionarme tres meses de trabajo exclusivo y me lancé de lleno a la tarea de terminarla en ese espacio de tiempo.
Por las mañanas desayunaba el cola cao con leche y galletas, escribía de nueve a dos, comía y descansaba hasta las cinco, y volvía a trabajar de cinco a doce. Por supuesto, con la imprescindible colaboración del cola cao con galletas.
A finales de diciembre tenía la novela casi lista. Regresé a mi puesto en Pérez y Cía, con gran regocijo de los compañeros que habían tenido que encargarse de mis tareas mientras tanto y del enlace sindical, al que estos volvían loco con sus reivindicaciones. Me llevó todo el mes de Enero corregir errores y retocar el texto.
El cinco de febrero de 1964, envuelto en un abrigo oscuro que había heredado de mi hermano Lucho y cubierto con un sombrero de fieltro castaño oscuro, le llevé mi obra a mi amigo Gabriel García Márquez. El ya había publicado cuatro libros y tenía cierto prestigo en el mundillo literario, por lo que había considerado la posibilad de que la publicase. Con su nombre, si la consideraba lo suficientemente interesante. A mi no me conocía nadie, y nadie la iba a comprar, aparte de familiares y compañeros de trabajo. Por otra lado, hasta que Gabo se deshizo en elogios hacia mi obra no se me había pasado por la cabeza que hubiese escrito algo de cierto mérito. Intentó convencerme de que la sacase con mi propio nombre y me ofreció ayuda para buscar editor, pero me negué en redondo. Bien sabía yo que aquella iba a ser la primera y última novela que un humilde contable como yo escribiría y no me importaba lo más mínimo hacer de “negro” de mi buen amigo, si con eso conseguía ampliar el número de lectores que tendría.
Gabo terminó aceptando, creo que más por diversión que por otra cosa, y me convenció para cambiarle el nombre. Dijo que Cien años de soledad era tan poético como apropiado y a mi me pareció bien. El resto, como suele decirse, es historia.   

viernes, 25 de julio de 2014

ARÍSTIDES ROCHA, AUTOR DE "CIEN AÑOS DE SOLEDAD” (I)

He sido yo, Arístides Rocha, quien ha escrito Cien años de soledad. Ahora que ha fallecido mi amigo Gabo ya puedo salir a contarlo. Es como salir de un piano de cola en vez de un armario. Y pienso, además, relatarlo todo lo más pormenorizadamente que la memoria me permita hacerlo.
Empecé a trabajar en La historia de las guerras de Macondo, que fue como se iba a llamar originalmente, antes de que decidiese cedérsela al gran Gabo para su publicación, durante el otoño de 1963. Me llevó cuatro meses terminarla y fui yo mismo quien le aconsejó que divulgase que había trabajado en el manuscrito durante dos años. El me convenció para reducir a un año aquel dato, decía que le parecía suficiente, pues era conocido por su capacidad de trabajo y de fabulación.
La culpa fue de las galletas con cola cao. A media tarde, después de terminado mi trabajo como contable para Pérez y Cía, llegaba a casa y me tomaba un tazón de leche con abundante cola cao y galletas María (que espero esponsoricen el presente texto). Aquella colación no sólo me permitía reponer fuerzas hasta el final de la jornada, sino que tenía el asombroso poder de estimular mi imaginación de un modo inaudito. Durante el frío otoño del 63 di en ponerme a escribir en una vieja Olivetti de mi padre todo lo que se me venía a la cabeza después de cada merienda. Escribía de seis a once, a un ritmo frenético, sin levantar apenas la vista del papel y deteniéndome sólo para sustituir un folio por otro. Uno tras otro los fui llenando de personajes y situaciones que brotaban como por ensalmo. A las once me forzaba a parar, me hacía un pequeño bocadillo, comía una pieza de fruta y me iba a dormir.
Al principio no sabía exactamente qué me traía entre manos: me limitaba a aporrear las teclas y a contemplar como se ponía en pie un relato un tanto disparatado pero en el que me sumergía cada vez con mayor pasión, y cuya intensidad llevó a que me ocupase de él aunque no estuviese escribiendo. Cada vez con mayor frecuencia me sorprendían en el trabajo con la mirada perdida, absorto en las peripecias de los seres que poblaban aquel mundo en el que vivía por las tardes. Empezaron a deslizarse algunos errores en los informes que entregaba y por primera vez en mi vida laboral tuve que explicarle a los jefes algo inexplicable en términos racionales. Les dije que tenía un problema de memoria a corto plazo y que me estaba medicando.

miércoles, 23 de julio de 2014

FABRICANDO RELATOS

Ás catro da tarde do terceiro día, xa o tiña feito. Traballara en xornadas de doce horas, quitándolle tempo ao sono, pero pagara a pena.
Fixo a proba co corazón baténdolle no peito e os dedos que voaban sós. Cando lle dou ao enter ceibou un suspiro que podería encher un globo.
Nun segundo e pouco máis tiña na pantalla un pequeno relato coas tres divisións tradicionais, catro personaxes e unha trama sinxela. Probou o programa catro veces máis e logrou cinco relatos absolutamente distintos, con argumentos e protagonistas diferentes. Sabía que só tiña que engadir unhas cantas coordenadas de partida para que o sistema argallara historias máis complexas.
Botouse cara atrás na cadeira, ergueu os brazos e ceibou un Siiiiiiiiiiiii que escoitaron no piso de abaixo.
Durante quince días dedicouse a probar o invento nun blog que tiña de seu. Para ver se a xente notaba algunha diferenza. Subiu seis relatos feitos polo ordenador e agardou aos comentarios. Os habituais valoraron os textos do modo habitual e houbo incluso que destacou un deles como moi bo.
Revisouno e, efectivamente, a historia semellaba un pouco máis afortunada cas outras. Decidiu alongar as probas quince días máis, intercalando os seus propios relatos. Ninguén notou nada.
Decidiu empregar aquel software para gañar algún diñeiro. Pensou en vendelo na rede coma unha aplicación máis pero, quen ía querer un trebello para fabricar historias coma churros?. Entón decidiu presentar os textos a canto certame de relatos atopase. Como podía configurar a extensión a vontade, mandou setenta e seis relatos a outros tantos concursos nun período de oito meses. Non acadou nin unha mención de honra.
O problema era que as historias non tiñan alma, seica. Dicían que os personaxes eran planos, o argumento nunca se afastaba do clásico introducción-nó-desenlace (esa era unha eiva na programación que non conseguía solucionar) e as peripecias eran secuencias semi-robotizadas de vidas pouco cribles.
Falou con editoriais, axentes literarios, escritores e escritoras de medio pelo, escritores e escritoras de pelo e medio, outros e outras que aspiraban a selo, profesores de literaturas, críticos, ensaístas...pasou un ano enteiro intentando colocar aquel invento e cando a súa decepción xa non cabía pola porta da casa, optou por esquecer dunha vez por todas o asunto.
Agora segue a vivir coma sempre, co seu traballo de sempre e na vila de toda a vida. Pero sube no seu blog un relato por día sen ningún esforzo e ten milleiros de visitas. Xente que está engancha pola existencia dunha mente tan prolífica.

domingo, 20 de julio de 2014

THE LONG DELUSION (II y final)

Tras aquella, el resto de las actuaciones conservó el mismo patrón: Westinghouse se sentaba al borde del escenario, Westinghouse se plantaba en una esquina y tocaba de espaldas, Westinghouse se tiraba en el suelo y martilleaba el bajo sobre su estómago... cada noche hacía una diferente ante el mutismo de Pazos, que parecía querer aprovechar el plus de espectáculo que ofrecía el muchacho. Pronto su nombre de guerra fue coreado al principio de los conciertos. Sito Pazos se detenía al anunciarlo cuando presentaba al grupo. La vida parecía sonreir a “The long delusion”.
El último tramo de la gira cosechó aquella siembra de bolos sin descanso y, junto al efecto Westinghouse, el grupo arrastraba una creciente masa de seguidores. Durante los últimos tres días se vio a un Sito Pazos casi eufórico, masticando cada palabra, implicadísimo en el esfuerzo vocal. El bajista de moda había redondeado sus shows con la rutina de portar un gorro diferente en cada show. Desde un bombín a un sombrero mejicano. Batería y guitarra eran meros comparsas, aunque entregados, de un dúo que se había venido arriba.
Tras la canción final del último día se abrazaron al borde del escenario e hicieron las consabidas reverencias antes de que Westinghouse arrojase su casco de vikingo a un público entregado.
Nadie pareció sorprenderse y, desde luego, a nadie le importó, que Gary Westinghouse recibiese un e-mail que Sito Pazos le agradecía su compromiso con el grupo durante aquellos dos meses y le anunciaba que prescindían de sus servicios en adelante.
Sergio Domínguez (así fue como firmó la respuesta el ex-bajista) le contestó con una escueta frase aseverando que el nombre del grupo estaba muy bien escogido.

viernes, 18 de julio de 2014

THE LONG DELUSION (I)

De cluclillas encima del bafle, con el flequillo de su liso pelo negro formando una cortina sobre los ojos, Gary Westinghouse desgranaba notas de su bajo pintado de verde pistacho.
El público lo contemplaba boquiabierto. Parecía un gato relamiéndose de sonidos graves. A su dereche, los demás miembros del combo hacían esfuerzos por acapar un protagonismo que definitivamente habían perdido. Sito Pazos, el vocalista y líder, estaba especialmente irritado porque sus gorgoritos y meneos no podían hacer nada ante la pachorra casi mística del bajista.
Lo habían fichado quince días antes, tras la deserción de Suso, que había preferido un trabajo estable con su cuñado, en un pub de Algeciras. Con dos meses de bolos firmados aquel menudo y ensimismado muchacho que llegó al local de ensayo arrastrando un instrumento más voluminoso que él les había solucionado la papeleta. En una sola sesión demostró ser capaz de preparse el repertorio en dos semanas, ser disciplinado y no causar problemas.
Se llamaba Sergio Domínguez pero nadie logró sacarle de la cabeza lo de Westinghouse, por mucho que sonase a electrodoméstico. Logró que incluyeran su nombre artístico en la reseña del grupo que se enviaba a prensa para la promoción. Sito estaba encantado con aquel chaval de prodigiosos dedos y mente fresca que parecía llovido del cielo. Sin dudarlo, lo ficharon para toda la gira y le hablaron de quedarse tras esta, “tras consultar con el manager”. Un personaje que Sergio jamás vería porque simplemente no existía.
“The long delusion” hacía un rock modosito, preñado de blues y cantado casi a partes iguales en castellano e inglés. Pazos era hijo de emigrantes en Bristol y tenía una voz agradable, aunque no muy poderosa. Llevaban tres años juntos y, aparte del bajista, habían sustituido al batería en dos ocasiones. El guitarra era amigo de la infancia de Pazos, quien a veces cogía una rítmica si la ocasión lo requería. Su primer disco, editado en un sello independiente, había recibido una gran acogida y el nombre del grupo se estaba haciendo un hueco en salas y emisoras de radio en un circuito en plena efervescencia. Durante aquel verano iban a rodar las canciones del segundo album antes de grabar a finales de Septiembre. Pazos sabía que se jugaban mucho con el nuevo cedé, que era el momento idóneo para despegar. Eso lo tensionaba algo más de la cuenta y Westinghouse percibió esa ansiedad desde el primer ensayo.

miércoles, 16 de julio de 2014

JOSÉ ANTONIO JERIGONZA MARTÍNEZ (II y final)


Tres cuartos de hora después había solucionado el problema y, sudoroso pero satisfecho, se encaminó hacia la salita. La doña no se había asomado por el cuarto de baño en todo aquel rato y él no se lo podía reprochar. La encontró dormida en el sofá mientras Camilo José le decía a Lucía María que la amaría toda la vida. Le toco un hombro, para espabilarla, pero doña Lourdes ni se inmutó. Imposible que lo hiciese, porque estaba muerta.
José Antonio reaccionó de un modo expeditivo: se dio el piro inmediatamente. Pensó que sería mejor que fuese otra persona quien informase del deceso y no él, que fue la última que la vio con vida. Le aterraba la posibilidad de ser interrogado en una comisaría, antes de la autopsia, cuando aún pudiese ser sospechoso de un crimen. Pensaba de si mismo que era muy capaz de comportarse como un criminal sólo conque alguien sospechase que lo era.
Mientras se metía en un bar para tomarse una caña, porque se le antojó que era lo que había que hacer en estos casos, barruntaba la posibilidad de acelerar el descubrimiento del fiambre. Pensó en hacer una llamada anónima a algún vecino, pero temía que rastreasen la llamada. Se le ocurrió una idea. Volvió al edificio y llamó al piso de al lado. Con un pañuelo en la boca y la voz ronca dijo que era de Transportes Benito, que la vecina no le abría y que si le podían dejar recado que volvería por la tarde. Una señora muy amable le preguntó que qué carajo le estaba diciendo.
Debatiéndose entre obsequiarse con otra caña con pincho de tortilla o irse directamente para casa, José Antonio Jaramillo se dejó engullir por el último sol de una mañana que empezaba a nublarse. Juró ante si mismo que jamás contaría nada a nadie sobre el incidente y comenzó, lenta pero inexorablemente, a lamentar en silencio no haber podido cobrar aquel trabajo.

domingo, 13 de julio de 2014

JOSÉ ANTONIO JERIGONZA MARTÍNEZ (I)

José Antonio Jerigonza Martínez hablaba raro, muy raro. Desde muy pequeño, además. Esto al principio no llamó la atención porque todos los críos pequeños hablan como pueden, se atropellan, se equivocan, confunden términos y cometen errores gramaticales y son recompensados con risas y carcajadas. Se celebra su inocencia y su aprendizaje. Pero José Antonio Jerigonza tiene ya cuarenta y dos años, es fontanero, está casado y tiene dos hijos y no hay quienn le entienda cuando suelta una parrafada. El ya procura comunicarse con frases escuetas: “corte el agua”, “encienda el calentador”, “¿quién hizo esta instalación?” pero cuando baja la guardia y coge carrerilla es como si empezase a rezar un responso en latín. Por lo común su interlocutor piensa que ha estado bebiendo, o que está bajo el efecto de algún narcótico. Hasta que José Antonio se da cuenta y se encierra en un mutismo que quiere ser conciliador pero resulta inquietante.
Por suerte, es un excelente profesional y sus tarifas son más que razonables, por lo que no le falta clientelea. A fin de cuentas la gente quiere que le arreglen las cañería, no escuchar a Demóstenes.
El pasado jueves José Antonio se presentó en el domicilio de doña Lourdes Escribano, viuda de Toribio Flores, el afamado trombonista. Doña Lourdes, ochenta años bien llevados y una mala leche ya legendaria, le explicó que se le había atascado “el excusado”. Será el retrete, dijo José Antonio, que no toleraba las floritudas léxicas, y menos cuando llevaban a incurrir en inexactitudes. El excusado es el recinto donde está el retrete y demás, siguió. Por suerte doña Lourdes no oía casi nada de espaldas, y se había girado para guiarlo hasta el lugar del desaguisado. Allí el pestazo hizo que Jose antonio se tapara la nariz. Ahí le dejo, le dijo la anciana, y se marchó al salón y a su telenovela. José Antonio era un profesional como la copa de un pino, pero por encima de todo era un ser humano de carne y hueso, de modo que se puso a jurar en arameo mientras se cubría media cara con un pañuelo para poder realizar su trabajo sin que los nauseabundos olores le provocasen arcadas.