viernes, 18 de abril de 2014

TRAFICANDO (1)


Le llamaban Temor Cinético Jackson, aunque su verdadero nombre era Antonio Gelmírez, y que conste que es el único nombre auténtico que voy a mencionar. Era de estatura mediana y de complexión atlética, pelo castaño, ojos castaños, rasgos faciales anodinos y se vestía como cualquier veinteañero de clase media. Brillante en la universidad, donde estudió arquitectura, trabajaba traficando con todo tipo de mercancías, incluyendo las ilegales, y no le iba nada mal.
Empezó a hacerlo al darse cuenta de que determinado tipo de personas estaban dispuestas a pagar más dinero por un objeto si este tenía una procedencia controvertida, o delictiva directamente. Vendió una partida de televisores samsung por casi el doble de su precio original sólo porque aseguraba (y era probablemente cierto) que habían sido robados
de unos grandes almacenes en Vigo. Los terminales de móbil, reproductores de dvd, cámaras reflex digitales y auriculares estéreo que pasaban por su manos eran fabricados en Corea, China, Japón y Singapur. Pero compraba y vendía también: relojes, viagra, plumas estilográficas, gafas de sol, batas de seda, instrumentos musicales (guitarras, banjos, violines) y, en ocasiones, unas motocicletas que le suministraban desde Italia. Cuando iba a comisión ganaba menos, pero también arriesgaba menos. Los riesgos no eran solo de tipo crematístico: sólo quince días atrás le hicieron saber que Manolito Puchades estaba mosqueado por el volumen de su industria. Manolito Puchades era un obeso sesentón conocido en toda la comarca por la nada despreciable hazaña de llevar cuarenta y ocho años traficando con tabaco y automóbiles. ¿Sólo eso?. Si, pero los movía por todo el país. Empezó a extenderse a los dos años y al tercero ya se había trasaladado a una capital de provincia. Antes de llevar una década en el tajo ya vivía en Madrid. Ahora parece ser que recelaba de un tipo como Temor Cinético Jackson, alguien que no podía dejar de recordarle a él mismo cuando los kilos y los golpes no se habían anunciado aún.

miércoles, 16 de abril de 2014

CEA DE FIN DE CARREIRA

Medrando no seu interior tiña unha ansiedade premenstrual e noctívaga que lle facía encoller os ombreiros un chisco, o xusto para semellar unha noiva civil. Engurraba os beizos de cando en vez, xesto que volvía tolo a Chisco, quen inmediatamente acudía á barra a por outra cervexa e acumulaba así xa catro voll-damns sen rematar na súa mesa. Aquela era unha cea estraña para o que veñen sendo as ceas de fin de carreira: algún iluminado, porque a unha muller non se lle ocorre aquilo, encargou no Pis-Pas catorce mesas triples e dúas cuádruples. Agora os mozos e mozas espallábanse polo salón, arredor dos seus sitios, pois xa se agarda o momento de comezar aquel sinxeito.
Ela levaba unha saia lisa azul mariño e unha blusa branca moi sinxela, que cubría cun sueter de moaré talvez un pouco grande, o tributo ao casual, que se levaba tanto. Sentou a sorber unha tónica con ollos amoreados nun silencio que semellaba ser o seu osíxeno daquela volta.
Xusto uns segundo antes de que o maitre pedise á concorrencia que deixasen de ser ambulantes para trocarse en comensais, Chisco viu a Ramirito achegarse onde ela. Ramirito Vilán levaba tergal polas pernas e blazer a xogo sobre unha camisa que todo facía supoñer de seda. Agochouse a dicirlle algo case na orella, ela sorriu e el buliu cara a súa mesa, mentres Chisco baleiraba dúas das catro cervexas sen un respiro nin afogo.
Sopa vexetal e linguado menier ou cordeiro, Rioxa e godello, torta de Santiago, al whisky o de chocolate, café e chupiño. O Pis-Pas era polivalente e dinámico, sabía afacerse á clientela e servía whisky de malta e licor-café de Ourense.
Ao rematar a sopa Chisco, que non perdía ollo, seguiuna coa mirada mentres ela buscaba os aseos, contou catro minutos polo reloxo e foise cara o corredor onde se atopaban aqueles, demorándose na entrada ata que viu como se abría a porta do lavabo de señoras. Fíxose o encontradizo dun xeito solvente, saudouna e preguntoulle que tal a cea. Ela respondeu sen pestanexar que o sito era agradable e el dixo que lástima das mesas, si, dixo ela e topou un motivo para soltar unha risiña e ser natural e el tivo que apoiar un brazo na parede e case inmediatamente sacalo de alí porque non se lle ocorría nada máis, agás un vémonos e meterse no servizo. Cando ela se achegaba á súa cadeira, Ramirito Vilán tiña un aire prebélico e retador nos ollos, que se esforzou por afogar nos beizos contando unha carallada das súas aos seu acompañantes.
Nos pratos, os restos dunha pelexa ben doada, na mesa as copas, as risas enchendo as bocas. O agarimo da fin de festa, gargalladas que rachaban no ar, a orquestra enfiaba o remate da comida come se fose un trasno que levase as cousas dun sitio ao outro.
Chiño non estaba bébedo pero tampouco andaba fino, escollera medirse un pouco pero fóiselle a man. Esas cousas que ninguén sabe calcular. Pensou que pronto chegaría o momento de bailar. Pensou que estaba ela e estaba el e tamén estaba Ramirito. Pediu un café cargado. Botouse un chico cara atrás na cadeira, como se lle dera todo igual, como se estivese a ver a quenda de penaltis da final dun mundial que disputaban dúas seleccións que tanto lle tiñan.

lunes, 14 de abril de 2014

MONAS DE PASCUA Y ANÁLISIS DE SANGRE

Vengo de hacerme unos análisis, porque de vez en cuando hay que verificar que seguimos vivos y para eso nada mejor que cuantificar los achaques. Como llegué antes de la hora de apertura, el laboratorio estaba cerrado: suele suceder en estos casos. Las pruebas comprendían todo el muestrario disponible por la ciencia médica: no cabía una letra más en el volante y decidí que mejor cogerlos a primera hora, con las pilas bien cargadas. No es que sea yo un pusiánime ni un hipocondríaco, ni siquiera un poco aprensivo. Sólo precavido. Para entretener la espera decidí darme un paseo: o eso o sentarme a pedir, son las dos actividades callejeras principales. Me había puesto chandal, y a punto estuve de probar suerte en una tentadora acera. Por tener una experiencia más y eso. Finalmente opté por callejear y contemplar escaparates.
Di con uno que llamó mi atención poderosamente, que con lo despistado que es uno ya tiene mérito.
Mostraba una profusión de tartas y pasteles de chocolote, decoradas con distintas figuras. Una de ellas semejaba un perro, deducción que confirmó la existencia de un hueso de chocolate blanco a sus pies. Inmediatamente me vino a la mente la asociación pro parque urbano para cánidos, porque yo soy mucho de asociaciones (mentales y de las otras). Juro que contemplé la posibilidad de que alguien comprase la tarta para celebrar el cumpleaños de su chucho. Qué loco estás, me dije. E inmediatamente, y como profilaxis mental, sustituí la imagen por la de un infante obsequiado con una tarta que recordase a la mascota de la familia.
Ya más relajado, di en contemplar un cartel que me dio un vuelco al corazón. Incitaba a pintar la mona, mi especialidad vital y vocación última. Pero no, me había confundido, se refería a los pasteles como “monas”, como hacen en Cataluña. Pensé que la sombra de Mas era más alargada de lo que nos pensábamos. Pensé que, espera y verás, dentro de un par años los pontevedreses empezaríamos a comprar monas de pascua en vez de roscas. Y cuanto más pontevedreses, más monas. Se me apareció la escena del primer pontevedrés de pura cepa entrando en aquella tienda y pidiendo una mona de Pascua y la súbita caída de un rayo en el Castrove como muestra de la ira de Breogán...
Me fui a quitar sangre y a entregar la orina. Me aseguré de no mezclar ambos conceptos. Había cola: no soy el único listo que quiere coger frescas a las enfermeras. Yo no he dicho esto. Me senté en la salita y contemplé con ojos de chucho sin plaza para solazarse como el único periódico existente estaba acaparado. Se lo estaba leyendo entero un tipo que sólo acompañaba a su señora. No había dejado ni un par de hojas. Amenazadoras revistas del famoseo parpadeaban desde todos los ángulos de la mesita, algunas ya en poder de lectoras ávidas de cotilleos resesos. Eché el guante a un ejemplar de esas revistas feminoides y glamurosas con nombre inglés porque mola más, dispuesto a regodearme en su estulticia. Lo mejor, con diferencia eran las fotos. Para ser una revista de mujeres estaba a sólo un paso de un playboy. Di con una entrevista a Miley Cyrus (la hija del de “Achy breaky heart” que arrasó en los 80s) y un texto sobre Beyoncé (no me venga ahora conque no saben quien es Beyoncé). Busqué a ver si tenían la colección completa, pero no, no había nada sobre Madonna ni Kylie Minogue. Luego me compungí, un poco, dos segundos: me di cuenta de lo marujo que soy que conozco a todas estas...
Lo terrible del asunto es que tanto la Cyrus como Beyoncé eran presentadas como modelos de mujeres liberadas, feministas casi, sólo por el hecho de que están haciendo pasta a cascoporro y la mayoría es para ellas. Seguro, me dije, que esta es la revista oficial de Gran Hermano. O algo.
Luego me llamaron y entregué mi sangre casi como una ofrenda.

viernes, 11 de abril de 2014

UN OBRADOIRO, UNHA TALLA E O COUNTRY ROCK

Que noite, mi madriña. Espertei varias veces, todas elas coa imaxe dunha talla. Resulta que tiña que lembrar levar unha talla ao día seguinte para un obradoiro. E tiña que levala da casa porque non me fiaba que tivésemos unha aló. Entón empecei a espertar no medio da noite, coa boca seca e a imaxe dunha bañeira, que unhas veces era grande, outras pequena, sempre de plástico.
As cinco e pico da mañá, entrei a trompicós na cociña disposto a beber algo, ou a comer algo ou a facer algo co meu corpo para abouxalo ata tombalo. Collín galletas de chocolate, por vicio máis que nada. Tombeime nun sofá do salón para pensar un pouco en tallas, a ver se así evitaba soñar con elas. Axiña estaba pensando en Joni Mitchell e David Crosby, non me pregunten por que, que xa llelo digo eu: eses días andaba a ler un relato de cando comezou a ferver a música rock en California, a finais dos sesenta. Ese rock mollado no country e no sol californiano que tanto me quentou os miolos cando comecei a escoitar música, nos principios dunha puberdade fría coma unha patada no cu no polo norte.
O caso é que se foron pechando os olliños e cando espertei eran as sete e pico, e marchei para a camiña para mudar de postura. Toca o espertador e toca erguerse pero xa estou outra vez pensando nunha talla. Cun esforzo titánico só ao alcance de vontades de ferro como a miña, érgome, aséome, vístome e vou almorzar en modo zombi-urbano-con dous cataplines. Mírome no espello do aseo e vexo a un heroe do noso tempo cos ollos semipechados e cara de parvo. Entón e cando procuro unha talla de plástico regulamentaria. Busco unha bolsa de rafia ou que a min me parece de rafia porque en realidade non teño ni idea de que é a rafia, meto a talla dentro e consigo que non sobresalga moito. Consulto coa miña asesora en asuntos de vergoña, propia e allea, que ven sendo tamén a miña xefa, e obteño o salvoconduto para ir pola rúa portando a tina naquela bolsa. Miro, o reloxo, teño dez minutos. Tírome no sofá do salón, chamado a berros descomunais pola visión do oco do meu corpo aínda na súa superficie. Boto así dez minutos que semellan un e medio e arranco a enfrontarme coa vida que resoa, aí fóra.
Hai días que non podo dar un paso detrás do outro se non levo música nas orellas, é coma unha especie de fuel melódico que axuda a poñer en marcha esa cousa que se chamar estar no mundo. Outros, como hoxe, só quero meter as mans nos petos, celebrar que non chove, e rumiar unha oración que me invento para arrancar. O opio do pobo que dicía o outro, e a min o que me gusta doparme... cando levo percorrido case medio camiño, reparo en que o que non levo é a bolsa coa talla. Afeito ás desvantaxes de ser eu mesmo, calculo o tempo que me levaría dar a volta e recollela, decido xogarme a baza de topar algo que poida facer as súas funcións cando chegue ao traballo. Cousas máis estrañas se teñen atopado nos colexios.
Gústame definirme coma unha oración con pes e banda sonora dos setenta, mal durmida, desmemoriada; un espécime obsoleto dunha humanidade que xa deixou hai tempo o período de probas e está a facelo bastante mal no día a día das fases decisivas. Só así se pode entender que atopa un recuncho de algo parecido a felicidade mergullándome nas pequenas pontes que nos levan dun día cara o outro.

miércoles, 9 de abril de 2014

CUENTO DE COMENTARISTAS CONJURADOS

Pm, Rp, e X se conjuraron cierta noche en La Navarra. La Conjura de la Navarra le llamaron, en un alarde de originalidad. Entrechocaron sus vasos con tan mala fortuna que los reventaron en el aire, duchándose los pies con cerveza skol. El barman, que había leído a Kennedy Toole, recordó la cita de Swift que abre la obra maestra del norteamericano. Cogió escoba y recogedor y se puso a limpiar el desaguisado, pero antes se colocó unas gafas de sol, en claro homenaje al negrito que sale en la primera escena de aquel libro que adoraba.
El objetivo vital que animaba a los conjurados era derrocar al gobierno local. Se trataba de conseguira la regenaración de Pontevedra. El segundo objetivo era cambiar el nombre de la ciudad por el de Puentevedra.
Tomaron el acuerdo de comenzar su ingente tarea subiendo comentarios a destajo en la página web de un periódico digital local de reciente apertura. Se trataba de disparar contra todo aquel que apoyara, aprobara o mostrase simpatías hacia el gobierno coaligado de la ciudad. En sus pullas se hallaría más rastro de bilis que de materia gris pero esto es algo que ellos desconocían: la química orgánica tampoco era lo suyo.
Lo primero que hicieron fue comprar dos diccionarios bien gruesos: uno de gallego y otro de castellano. Luego los devolvieron y compraron dos diccionarios de bolsillo. Los volvieron a devolver y cogieron dos mini-diccionarios. Arrinconaron el de gallego por hallarlo demasiado complejo. Al final, el minidiccionario de castellano acabó haciendo de pelota de fútbol en improvisados partidos a los que se entregaban cuando no se les ocurría nada que escribir. Jugaron dos campeonatos de liga y tres mundiales. Finalmente, decidieron continuar la guerrilla desde sus domicilios, hartos de remendar el minidiccionario con cinta americana.
Empezaron a brotar los comentarios, que vertían más a siniestra que a diestra, y los moderadores del magacín digital comenzaron a consumir más café del habitual. Los lectores hallaron un entretenimiento más en aquellas hilarante diatribas concentradas que en ocasiones eran respondidas por esforzados defensores del sentido común.
Comenzó a entablarse una pelea dialéctica entre dos bandos armados con conexiones a la red y tiempo libre.
Pm, Rp, e X se veían a si mismos como paladines de la ortodoxia política y la praxis liberal hasta el punto de que empezaron a consumir chocolate Paladin a la taza, con el que se pegaban tales merendolas que tuvieron que ingresar en Urgencias víctimas de un empacho colectivo.
Recibieron un triple lavado de estómago y quedaron fuera de combate durante una breve temporada. Durante ese lapso, los teléfonos del periódico digital no cesaron de recibir llamadas de enfervorizados lectores que reclamaban el regreso de los ínclitos Pm, Rp, e X.
Sin embargo, aquella purga digestiva hizo que ya nunca fuesen capaces de aquellas legendarias deposiciones por escrito. Ya no conseguían sintetizar, con la vulgaridad y rotundidad que les caracterizaba aquella estrábica visión de la actualidad local. Y es que toda la fuerza de sus comentarios procedían precisamente del ámbito intestinal, que acababa de ser limpiado y recuperado para sus actividades naturales. Habíanse quedado como Sansón después de rasurado su cabello.
El gobierno local no fue derrocado y los conjurados de la Navarra dejaron de postear sus detritus. Su tránsito esofágico, eso si, mejoró una barbaridad.

domingo, 6 de abril de 2014

MAR DE MARÍN

Á morte chegou ás agachadas, na porta de abril e con rouca voz de inverno recitou a súa letanía de pedra, a súa sarabia fría polo peito abaixo.
Mar de Marín xa feito cinza dunha dor no fondo do Mar de Marín sementando silvas na vida dos vivos que agora, cando albisquen o mar de Marín terán unha bágoa na recámara para dispararlle ao esquecemento.
Ao sur das Cíes, un erro ou mil olvidos e agora non hai un pano que recolla a rabia.
Un xigante que se amorea no costado do Mar de Marín, fun pero non volvín. Unha oración inmensa coma unha inmensidade de sal. Un salouco xigantesco de costa a costa. Unha foto nos periódicos, un arrepío nos corpos, unha lixivia nos ollos, unha louca gaña de cuspir algo que che está a roer a gorxa.
A morte sempre viaxa con vós, almorza con vós, deitase con vós. É veciña e fitádela de esguello, con respecto. Pero ás veces sae dar unha volta pola noite adiante e chega húmida e como bébeda, acendida de xeo, cunha voracidade cruel. Cargada de costas, ás pernas pequechas, o alento ladrón.
Algúns toparon o fío dun camiño pola borda, outros fostes comestos polo trebón.
Desfíxose toda a luz que no mundo hai naquela hora para vós. Entre a néboa cativa e a friaxe, o mar volveuse caparazón. Por suposto, chovía. E aínda chove dende aquela.
Unha homenaxe é sempre certo xeito de traizón, pero axuda a facer algo, unha quimera de comunicar o alcance das feridas, á compaixón, á débeda dos que seguimos coa luz do día.

“Agora en terra
arredado de min mesmo
por un oceano de singladuras
o vento da Ría
vai virando a folla de cada emoción”

(Manoel Antonio, de ”Adeus” - De catro a catro)

viernes, 4 de abril de 2014

GOLES E NOVOCAÍNA

No minuto 20 da primeira parte un xogador do equipo local enganchou un tiro raso dende fóra da área que petou na base do poste da meta contraria. O berro foi unánime e agónico. Xastre hoxe xuraría que foi o son do balón ao bater no pau o que lle fixo volver en si, non a algarabía que formou. O caso é que de súpeto volveu a estar sentado no graderío de preferencia dun estadio de segunda división, rodeado de animosos seareiros. Onde estaba antes?. Pois preguntándose quen era o tipo que escribira “Novocaine for the soul” e tamén por que lle viñera esa canción á mente naqueles instantes. Ao seu carón, un cincuentón barbado e cun puro entre os dedos tomaba asento despois de terse erguido polo súbito e hidráulico tiro ao pau do dianteiro local. “Case, case” dixo ollando para Xastre, que acertou a asomar un sorriso petrificado. Era aquela unha fresca tarde de finais de abril, a liga enfilaba o remate e xa se superara o perigo do descenso, que unha especie de loita de Sísifo para os locais, ano tras ano na corda frouxa. Porén, o estadio estaba ateigado de seareiros que talvez decidiron celebrar xuntos que, outro ano máis, non pasaría nada: nin bo nin malo. Os xogadores locais, agradecidos, estábanse a empregar a fondo contra un equipo da zona alta da táboa, pero que tampouco aspiraba a cotas coma as do ascenso.
Xastre tentou seguir os movementos das camisetas amigas mentres tentaba facer viaxar a pelota fóra do alcance contrario, pero un nome aparecéuselle no maxín: Mark Oliver Everett. O alma mater de Eels, a banda californiana que tivese con “Novocaine for the soul" o seu primeiro impacto comercial. “Veña, veña”, berrou o do puro, pero Xastre xa non podía ver o xogo, senón a faciana seria, case enfadada, dun home mozo e de barba mesta, gafas de pasta e cun puro na boca!. Mister E., como era tamén coñecido, era un irredento consumidor de puros.
Unha cabezada furiosa do dianteiro centro visitante topou cunha felina estirada do porteiro local que
provocou: 1) o despexe do balón a córner 2) unha mora de aplausos. Xastre topouse de pe e ovacionando a xogada, aínda que non tiña nin idea do que acontecera. “E boísimo” informoulle o do puro (o seareiro, non mister E), sorríndolle animosamente. Xastre cabeceou e sentáronse.
“Life is hard/and so am I/you better give me something/so I don't die...” os primeiros versos da canción despexaron todas as dúbidas, de habelas, sobre se Xastre sería quen de seguir o partido ata o remate do primeiro tempo. O asubío do árbitro e o movemento en desbandada do público cara os retretes ou á bebida que os levase despois aos retretes, devolveron a súa mente ao presente.
Nin baixo ameazas sería o pobre Xastre quen de explicar que facía un tipo coma el na bancada dun estadio de fútbol no serán dun domingo. Simplemente sucedera. Non sabía que facer co seu corpo e pareceulle que a de espectador era a condición ideal para o seu estado anímico.
Comeza a segunda parte e o tipo do puro inesgotable sorrí cara Xastre, “un par de goliños e para cas” dille optimista. Xastre volve a pensar no puro de míster E. e mira cara o terreo de xogo e fai esforzos por seguir a traxectoria do balón pero non sinte nada. Non hai ningunha emoción involucrada do feito de contemplar a tanta xente loitando por un anaco esférico de coiro. Sente xa un pouco de frío e abotóase a cazadora. Sinte que ese simple xesto fai que se peche máis en si mesmo, que se afasta máis do seu entorno, no que os berros acomódanse aos incidentes do xogo.
Aos vinte minutos un centrocampista local recolle un rexeite preto da área contraria e lanza un xute que se cola a media altura na porta contraria. O ruxido é firme e contundente, coma o peito dun primate, moita xente ponse en pe para aplaudir. Tamén Xastre. Pero el non aplaude. Está a ollar cara o campo pero en realidade só atende a uns versos que está a escoitar na súa cabeza: “xílgaros desfeitos no ar dunha canción / batendo as ás nun retrouso agónico”.
Entón e cando decide que ten que marchar. Ten que ir para casa e poñerse a escribir aquel poema que leva dentro. “Novocaine for the soul” e todo aquilo.