A
veces, de un modo atroz y asaz doloroso, le entran a uno ganas de
poner palabras como “asaz” en el arranque de un texto. O de
publicar anuncios a troche y moche (con “a troche y moche” pasa
lo mismo) con la sana intención de reclutar lectores.
Ojo,
no vale cualquiera. Examinemos el perfil que podríamos considerar
para empezar a hablar, digo a leer:
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Seres humanos de cualquier complexión, sexo, etnia, edad, estado
civil, etc preferentemente vivos.
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Personas inteligentes, que sepan apreciar los juegos de palabras, los
vocablos rebuscados, las tardes de lluvia, etc. Pero siempre menos
inteligentes que el autor (esto reduce el campo una barbaridad, al
menos en mi caso).
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Gente impresionable, de fidelidad irreductible, adicta al halago,
tendente al elogio, necesitada de iconos a los que admirar.
Uno
quisiera poder escoger a sus lectores: hacer un casting digital, en
las dos acepciones del término. Un poco a lo Nerón en un mercado de
esclavos. Reclutar una banda de incondicionales a la que mostrar las
intimidatorias orillas del mar Rojo, para luego atravesarlas sin
temor alguno.
Uno
flipa, y a mucha honra, con lo que se podría llegar a hacer con un
buen ejército de lectores cuya sabiduría fuese pareja a su
fidelidad por la causa.
El
sueño de todo escritor es que le entiendan todo lo que deja caer
entre líneas, que sus lectores recojan cada miguita de pan que, cual
Pulgarcito de la frase, va soltando para indicar el camino hacia un
lugar que ha creado en su imaginación. (Si comprenden lo que he
querido decir, hagan el favor de mandar un mail explicándomelo):
para eso quiere uno también buenos lectores, para que le expliquen a
uno qué ha querido decir. La intuición es un bien repartido en
trocitos por toda la humanidad, la humildad no.
Uno
busca al lector ideal con cada palabra. Cada frase es un grito que
llama a su corazón para que acuda, para que se enamore, para que
formalice una relación y para que nunca le ponga los cuernos.
Cierto
es que el amor luego hay que regarlo cada día, con cada texto, con
carantoñas aquí y allá, pequeños guiños entre líneas, etc, etc
hasta que la relación esté tan consolidada que lector y escritor
sean almas gemelas. Pero este tipo de vínculo no carece de riesgos.
En no
pocas ocasiones ha sido el escritor devorado por la pasión de sus
lectores, recluyéndose en un estado rayano con la idiocia que lo
condena a repetir una y otra vez los mismos trucos para satisfacer la
estulta codicia de su público.
Agggh, qué mal cuerpor se le queda a uno tras el último párrafo.
Me lo sacudiré para felicitarle, querido lector, por haber llegado
hasta esta línea, amén de celebrar que haya usado su sin duda
privilegiado intelecto para escoger este tipo de lectura. Queda usted
fichado.






