martes, 31 de agosto de 2010

TRISTEZAS VIII (Y FINAL)

Y ahora están aquí los tres, barcas fondeadas en la penumbra del pub de siempre, diez o doce años después de todo aquello. Todavía levantan las cejas, casi al unísono cuando suena algo de Neil Young o de Bob Dylan, de los Rolling o de Hendrix o alzan el vaso y brindan en el aire y todos saben que están brindando por la música y por los viejos tiempos y por ellos mismos, todo a la vez porque todo es lo mismo. La bruja acaba de soltar que se quiere casar y el abogado ha soltado una carcajada y el escritor casi se ha atragantado. Les dice que se ha cansado y que va a buscar a alguien para casarse con él, como si anunciase que quiere comprar un piso. Por supuesto, no habla en serio porque ella casi nunca habla en serio, y ellos lo saben, pero también sabe que hay algo de “verdad” en lo que les está diciendo. Saben que, en el fondo, ella desearía estar enamorada y que no le importaría casarse con esa persona. Eso es, en realidad, lo que ella quiere decirles y ellos saben que ella sabe que se apuntarían al proyecto pese a todos los pesares. A ninguno le costaría más allá de cinco minutos volver a enamorarse de ella, de hecho el escritor pide otra copa para anestesiar a la alimaña que está revolviéndosele por dentro, como antaño. El abogado la mira con una sonrisa que quiere ser cínica y sólo es un poco triste y le dice: esto tenías que haberlo decidido hace ya unos añitos y ella dice ya, pero entonces tú no eras tan interesante, directo al mentón, un jaw de profesional curtida en ese tipo de peleas y él echa un trago y se vuelve a reir como si en realidad le hubiese hecho gracia y el escritor regresa de su propia refriega y suelta: nada es patria.todos los somos que es algo que dijo borges y que no tiene nada que ver, pero surte el efecto deseado y los otros dos se le quedan mirando como hacían tantas veces hace tantos años, y de pronto los tres estallan en grandes carcajadas y son felices de un modo sencillo y auténtico en medio de todas sus tristezas.    

lunes, 23 de agosto de 2010

TRISTEZAS (VII)

 EL ESCRITOR INEXISTENTE Y LA BRUJA MENTIROSA

El amor romántico es una punzada dentro que no acabas de curarte, y a la que terminas por acostumbrarte, de modo que está presente en ti a cada rato, todos los días, por lo que que a veces ni la notas. Aunque siempre hay una melodía que oyes en un bar al que sólo ibas a por cambio, o una ráfaga de aire cálido un atardecer de mayo, volviendo a casa o miles de cosas similares que súbita e imperiosamente te devuelven la certeza de que tu corazón está hipotecado, de que has sido despojado de la capacidad de sentirte pleno y feliz. Estos, y muchos otros similares, son los pensamientos con los que el escritor inexistente definía su situación vital en los días de la bruja mentirosa, que fueron muchos días (y muchas noches). Su resignación era sólo equiparable a la lealtad que le juró interiormente, cuando comprobó que ella lo trataba con respeto y ternura y que, sobre todo, lo apreciaba como ser humano convertido por su culpa en desecho sentimental.
Cuando se iban a dar un paseo, o al cine, o a sentarse en un banco para ver pasar gente, en la época en que aún no estaba con ellos el abogado macarra, el escritor inexistente era feliz. Cierto que era, y lo sabía, un sabor sucedáneo al de la verdadera felicidad, pero aprendió a paladearlo con el estoicismo con que había aprendido a transitar por la cuneta de la vida. Descubrió que en las cunetas se encuentran multitud de cosas que la gente deja a un lado y no te encontrarás jamás yendo por el centro de la pista asfaltada, que además está llena de seres dándose codazos. Se esforzó pues, por permancer fuera de las sendas transitadas y por escribir sobre todo lo que veía y sentía. A veces escribía con trazo visible y legibles y otras, muchas, escribía en su imaginación.
Cierto día, en la época en que a la bruja mentirosa le estaban cosiendo el apellido de la ignominiosa manera que hemos relatado, lo invitó a un café en la zona más céntrica de la ciudad.
El había secundado el silencio de ella sin rechistar, como hemos dicho, tenía muy claro el camino a seguir. Mientras se ponían al día de sus cosas, el escritor inexistente no podía evitar mirarla de vez en cuando, en momentos en los que se supone que no debía estar mirándola, a veces uno no sabe si se explica bien. Ella interceptó una de esas miradas y le sonrió con dulzura y le dijo que tenía madera de mártir, el también sonrió y respondió de una forma inusual en él, muy dado a la retórica y a las ideas elaboradas. Lo que le dijo fue que “sarna con gusto, no pica” y ella se rió y le quiso un poco más porque en las frías aguas de su temperamento flemático, buscaba los remansos más cálidos, como hacemos todos. Él se daba por satisfecho con su risa, se daba por satisfecho con su amistad, se daba satisfecho caminando a su lado por la cuneta, charlando sobre las trifulcas que habían o no habían tenido Lou Reed y John Cale y contándole argumentos de libros imaginarios que había escrito o que iba a escribir.
Un día le pidió al abogado macarra que le hiciese una foto con ella. Esa foto aún ocupa un lugar de honor en su piso. Es casi idéntica a la que hay en la contraportada del disco “Puente sobre aguas turbulentas” de Simon & Garfunkel. Así quiso el escritor inexistente que fuese. En ella se los ve a los dos de perfil, caminando. La bruja delante, con el cuerpo un poco inclinado hacia atrás y el detrás de ella, inclinado hacia la bruja hasta tocar con su cabeza en su espalda. Luego se hizo ella otra con el macarra (si no a este le daba algo) y luego otra los tres juntos, más que sentados, tirados en el capó del coche del escritor. Estan riendo a carcajadas mientras intentan empujarse hacia atrás y a la vez no perder el equilibrio.   

jueves, 12 de agosto de 2010

TRISTEZAS (VI)


EL ABOGADO MACARRA Y EL ESCRITOR INEXISTENTE

Hay un día en la vida, durante el bachillerato, más concretamente, en el que tienes como una revelación y te das cuenta en un instante prodigioso e irrepetible cuáles de aquellos zánganos de los que te rodeas van a ser tus amigos durante toda tu vida. Esa percepción la tuvo el abogado macarra con el escritor inexistente y lo extraño del asunto es que la tuvo a las pocas horas de conocerlo, mientras intentaba convencerlo de que lo votase en la elección a delegado de clase. Al escritor inexistente le fue más sencillo llegar a la misma conclusión por una razón de índole aritmética: a él se le acercaba muchísima menos gente que, digamos, a la media de la población de su edad y no hablemos de mantener el trato ulteriormente, porque la estadística rozaría la crueldad.
Al macarra le hacía gracia la forma de hablar tan seria y pulcra de su nuevo amigo, poseedor de un selecto y cuantioso vocabulario al que daba rienda suelta en contadas ocasiones. En una de ellas le comunicó que le iba a presentar a una persona “que pondrá a prueba tu capacidad para percibir la realidad y en acción tu deseo de modificarla”. El macarra había pasado los últimos meses entregado a dos actividades principalmente: la creación profusa y variada de aros de humo con el pitillo y la descodificación instantánea del lenguaje de su colega. Supo que la muchacha sería muy fácil de recordar. Pasaron los meses y los años y se iba acercando el momento de dar por finalizada la enseñanza secundaria e iniciar un nuevo rumbo. El abogado macarra, el escritor inexistente y la bruja mentirosa, de modo tácito, constituían un frente común en el que el consumo de cerveza y la buena música eran moneda de cambio, ante las modas del calimocho primero, los cubalibres después y las bebidas energéticas de nuevo cuño a la vez que daban la espalda a la música techno, al bakalao depués y posteriormente al rap. El escritor estaba entregado, paradójicamente, a grupos poco articulados como los Sex Pistols, o mestizos como los Clash o contundentes y hedonistas como Los Ramones. La bruja, que por aquel entonces sufrió los incidentes que la llevarían a convertirse en la bruja mentirosa, era más de My Bloody Valentine, Jesus & Mary Chain, y, por supuesto, la Velvet. El más ecléctico, musicalmente hablando, siempre fue el abogado macarra: tanto llegaba con “All things must past” de George Harrison como les hablaba de Pink Floyd o de Jeff Buckley. Con el paso del tiempo, los tres retomarían esta afición compartida de un modo creativo: a propuesta del escritor inexistente, los tres se verían una vez al año para pasar el día juntos, en un lugar diferente en cada ocasión adonde se desplazarían en coche. Y cada uno de ellos tendría que llevar un cedé de su elección para ser escuchado por todos durante el viaje, y luego criticado y defendido y vilipendiado, etc, etc. Aún hoy en día, pese a verse cada jueves, esperan con (im)paciencia la llegada del día de viaje, esperando sorprenderse mutuamente con la música seleccionada. Ritos de paso que se convierten en ritos para poder pasar ( de una edad a otra, de una fatiga a otra, de una esperanza tal vez a otra) y mantener sin variaciones cierta forma de darle a la vida un nombre digno.
Si bien no el principal, ni el más importante pero si el resultado más vistoso y destacado que experimentó la bruja en sus propias carnes con motivo de su amistad con aquellos dos fue la incorporación del adjetivo “mentirosa” a su nombre de guerra. Y en ello tuvo que ver otra mujer, como quizá algún avispado lector, psicólogo en paro o meramente machista emergente, habrán adivinado. Se llamaba Konstanza (con “k” de killer, no de kafka le apetece a uno apuntar) y gastaba una mala leche de la que hacía gala sin respetar sexo, edad, religión ni tendencia sexual, que no discriminaba, vaya. Puesto que era coetánea de la bruja, y por tanto de su encanto, de su belleza y singularidad, el mosquito de la envidia se cebó en ella hasta reventar, ahíto, una tarde de domingo en la que la envenenada Konstanza dió en extender el rumor de que la bruja estaba saliendo con el escritor inexistente pero que no se atrevía a reconocerlo por ser este una piltrafilla, palabras textuales (y crueles). La reacción de la bruja fue la más contundente de las indiferencias, cosa que aumentó, si cabe, la animadversión de la simpatiquísima Konstanza, que repitió que quien calla otorga hasta la saciedad (porque no conocía otro refrán aplicable al caso) y, puesto que el bueno del escritor no era un ser dado a los pronunciamientos levantiscos, bueno, ni siquiera a los pronunciamientos, y decidió seguir el ejemplo de su amiga y supuesta amante, el bulo tomó cuerpo (todos consideraban a la bruja capaz de esa y otras excentricidades mayores) y se vio reforzado cada vez que se los vio juntos o en compañía del abogado macarra, al que en el fondo no le hacía ni pizca de gracia la situación y hubiese apostado por hacerle tragar a Constanza la K con que adornaba su
gracia. En especial, cierto día en que se la encontraron la bruja y el abogado y le preguntó a la bruja donde había dejado a su “novio” y esta le contestó, antes de darle la espalda para seguir su camino con un escueto “No es mi novio”. Incidente que dió pábulo a la calumnia por parte de Konstanza, que se entregó en cuerpo y alma a llamarla “bruja mentirosa” y mostrarse encantadora con quien la secundase.
La desusada naturalidad con que la bruja consintió que se le adjudicase injustamente aquel adjetivo constituyó a los ojos de todos una muestra más de su falta de empatía con el mundo, y la admiración que despertaba entre los varones alcanzó cotas no superadas por muchacha alguna en aquel o en otro tiempo.
Otro efecto inesperado del inicuo comportamiento de Konstanza y y sus adláteres fue la cohexión del trío que formaban la supuesta pareja y el abogado macarra, que finalmente prestó todo su apoyo al escritor, pues comprendió que peor que estar enamorado de quien no lo está de ti es que aún encima todos crean que sois pareja. Cuando el escritor propuso que fuesen a pasar un día juntos a una población no muy lejana, la idea fue acogida con regocijo y en seguido se pusieron todos a anunciar la música que llevarían. La primera canción que sonó fue de un cedé que llevó el macarra y que dedicó, de su parte y de la del escritor, a la bruja mentirosa. Le dio al play y sonó “Hard headed woman” de Cat Stevens. Se rieron un buen rato.