Existen, básicamente, dos tipos de hombre: los que andan por casa en
bata de andar por casa y los que andan por casa de cualquier manera.
Los primeros, por descontado, son los predominantes. Son personas
ordenadas y metódicas, con sus callos en los pies y sus granos en
las posaderas, pero que sólo conciben la existencia bajo el dictado
hegemónico de la razón. La razón, puesta a dictar, es una maestra
justa y severa, que enseguida le pone a uno en su sitio cuando uno
anda por ahí zascandileando, ignorante de su misión en la vida.
Sujetos pues, voluntaria y entusiásticamente, al imperio de la
razón, los hombres de bata dedican su tiempo a poner orden en todo
lo que tienen a su alcance. Ordenan su ropa en el armario, sus
pertenencias en los bolsillos, los libros en los estantes, las flores
en el jarrón. Enderezan los cuadros torcidos y odian los cuadernos
de alambre en espiral por culpa de la espiral, a la que quisieran
enderezar también. Se asean los dientes varias veces al día, como
todo el mundo, pero con determinación y convencimiento, como quien
iza una bandera o declama la tabla de multiplicar del cuatro. Los
hombres de bata son persistentes en su empeño por aplicar el
raciocinio a cualquier ámbito vital al que tengan acceso. En
aquellos que los dejan fuera, como niños en el rellano por carecer
de llave de casa, se muestran modosos pero enfurruñados, resignados
pero no complacidos, sometidos pero no indiferentes. Por sus mentes
cartesianas cruzan ideas continuamente, pero pocas de ellas consiguen
permiso para aterrizar y menos aún son las que logran poner los pies
en la tierra. Prefieren obedecer a imaginar y almacenar a difundir.
Son un poco gruesos para sus años y demasiado anchos para montar en
bicicleta. Hay algo estático en su filosofía y algo mimético en su
estética. Ninguna nación que se precie de serlo, si tal cosa fuese
en algún modo posible, debería dejar sin honra a aquellos de sus
súdbitos que andan en bata de casa para estar en casa, pues sobre
ellos descansa el ritmo monótono y cansino, perseverante y tenaz,
que la hará atravesar la gruesa alfombra de la historia.
En
cuanto a los que andan por casa de cualquier maneran, son de
escurridiza taxonomía. Ni muy dicharacheros ni excesivamente hoscos,
resulta difícil establecer contacto amistoso con ellos, pues tanto
están como han salido. No tienen un horario fijo para dedicarse a
sus cosas, que nadie sabe a ciencia cierta en qué consisten. Odian
los lunes desde tiempos inmemoriales, y siguen haciéndolo a juzgar
por los alaridos e improperios que se producen en sus hogares al
sonar el despertador en esos aciagos días. Debido a su carácter
indeciso y predominantemente indiferente, se desconocen sus aficiones
y fobias, así como el modo que tienen de cocer las patatas, si bien
se supone que es con agua al fuego en una cazuela, conclusión
alcanzada por descarte de posibilidades.
Los
varones que andan por casa de cualquier manera son solidarios y
confiados y muchos de ellos miopes. Se afeitan entre poco o casi nada
y cuando lo hacen es sin darse importancia, como quien no quiere la
cosa. Se les suelen pasar las horas muertas sin nada que hacer, como
si les rezasen un responso, tirados en un sofá dándoles vueltas a
los pensamientos, a los que adoran con todas sus fuerzas, que no son
muchas y por eso las adiministran con cautela, prestando poca
atención a las tareas del hogar. Expertos en dos tipos esenciales de
lenguaje, el monosilábico y el metafórico, con frecuencia se les
acusa de andarse por las ramas, de ser poco prácticos y de demorar
la toma de decisiones. Pero no sólo la toma decisiones, sino la toma
de medicamentos y hasta la de la Bastilla, si fuere el caso, pues
nada aborrecen más este tipo de hombres que la acción, las
películas de acción, y los Action Man, juguetes harto aborrecibles,
por cierto.
Siendo una minoría, son a menudo víctimas de un mal muy común en
nuestros días: la manía persecutoria, alcanzando en algún caso el
delirio paranoide. Es fácil verlos echar las horas dando vueltas por
la casa de cualquier manera, enredando aquí y allá sin dedicarse a
nada en concreto, por lo menos a nada productivo. Sus ojos, cuando el
mal citado los atenaza, revolotean sobre sus semejantes pretendiendo
descubrir algún tipo de asechanza, opinión o menosprecio hacia sus
personas, e intentando calmarse mediante el consumo de cigarrillos
y/o gominolas, es decir, ocupando sus bocas con un sustitutivo del
chupete que en la infancia calmaba su ansiedad, en una regresión
ampliamente documentada por los especialistas en la materia.
Para
el avance de las naciones, cualquiera que sea lo que esto signifique,
este tipo de hombres no resultan ni un estímulo ni un lastre, sino
una incógnita. Ciertamente su talento es necesario pero no su
indecisión. Los científicos, mayoritariamente hombres de andar por
casa en bata, no logran ponerse de acuerdo sobe el particular, con lo
que se convierten en cierto modo en hombres que andan por casa de
cualquier manera, entrando en contradicción contra sí mismos, de
tal forma que prefieren, desde hace décadas, no tocar el tema, y así
unos y otros viven tranquilos si es que podemos admitir tal
expresión.


8 comentarios:
¡Qué gracioso eres Manuel! Casi despierto a los vecinos con esta risa escandalosa que tengo.
Los callos y los granos de los primeros no les pegan nada eh? Siendo tan meticulosos ellos...
Pertenezco al grupo de los sin bata, por supuesto!
¡Genial! ¡Pero qué cosas se te ocurren!. Entiendo que perteneces a la categoría de hombre con bata, porque este sesudo estudio no podría surgir de los segundos hombres que defines ¿o sí?. Claro que si son tan confusos y nunca se sabe que tienen en la cabeza...
Con tu permiso pienso hacer un copioypego y mandarlo al infinito de las redes. ¡Es buenísimo!
Y Julia tiene razón, perspicaz ella, esos granos no pegan.
Un saludo.
Julia, Tare, agradece vuestros comentarios un hombre sin bata. Supongo que teneis razón en lo de los granos, yo pensé que eso era universal... ; )
Que pallá que estás Keni Manuel, y qué verborrea tan talentosa tienes. Menos mal que te pega por escribirlo, que si no, te veía de saltimbanqui por la vida.
No es que tengas razón en lo que dices (tú por casa vas desnudo, y a veces incluso sales así a la calle sin darte cuenta, lo que pasa es que con el biruji que hay por Galicia pues enseguida vuelves pa casa pa vestirte; que todo eso lo sé yo), pero lo que importa es cómo lo dices.
Eres mi susú.
Bico.
Ja,ja, ja, gracias Gata, no andas muy descaminada en tu descripción, no ; )
¿Y el bico?
(Ojo, que soy muy sensible)
Una entrada divertidísima. Siempre he admirado, por encima de todos, a los que andan por casa con batín y zapatillas con escudo heráldico.
Gracias, Gómez. Los del escudo heráldico solían llevar monóculo, no?, ja,ja,ja. Un abrazo.
Y un bico para Gata, no se puede despistar uno... : )
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