El
escritor incomprendido se sorbió los mocos mientras notaba que se
había levantado sin apetito. La casa estaba helada y se puso un
jersey encima del pijama para desayunar una taza de café. Tenía los
párpados tan hinchados como otra parte de su cuerpo más al sur, en
ambos casos por culpa del mal trato que le daba la vida. El tampoco
trataba demasiado bien a la vida: se chumaba en cuanto sarao lograba
colarse, escribía con faltas de ortografía, sus pulmones probaban
todo lo que podía fumarse, veía mucha televisión... las novias que
había tenido parecían sacadas de un casting de seres estoicos. La
halitosis y ciertas inclinaciones insaciables acababan conduciendo a
una ruptura tras otra. Pero el escritor malherido era un varón bien
parecido y de labia de colegio de pago, de los antiguos colegios de
pago, por lo que no hacía cuenta de las deserciones sentimentales
que padecía. También en eso la inconstancia era su forma de estar.
Delante de la taza, un prodigio de la loza estándar del monopolio
pequinés, sorbo a sorbo, un soplo de cordura le llevó a plantearse
que debería buscar trabajo fijo. Fue como un repentino relámpago
cruzando el cuchitril que hacía de cocina. Dejar de mendigar
colaboraciones en periódicos, revistas y gacetillas de medio pelo,
dejar de servir copas en antros relacionados con el alcohol de
garrafa, dejar de prestarse para que F. tuviese un coche a cualquier
hora sólo con marcar su número. Su amigo F., compañero del insti,
que tenía una empresa de spa & resort y le pagaba una miseria
cuando le surgía recoger a alguien en hora punta de taxis.
Entonces fue cuando se le ocurrió alquilar su cuerpo en vez de su
coche. Sólo tendría que anunciarse en prensa, no, en internet, que
era más chic y económico. Se vistió, bajo al ciber de la esquina y
en diez minutos se había convertido en gigoló. Es inexplicable que
cupiera por la puerta al salir del local. Sonreía como si no tuviese
cara, sólo dientes, metiéndose la camisa dentro del pantalón como
el que acaba de ajustar cuentas con el pasado y le había dado una
buena somanta. Era un hombre nuevo, un joven hetero atractivo y
culto. Se ofrece para Madrid y alrededores. Hotel o domicilios.
Abstenerse profesionales. Esto último lo había leído por ahí
y aunque carecía de todo sentido, pensó que daba más empaque. Y
pensando en esto, se dio cuenta de que no tenía ningún traje
limpio, ni siquiera nuevo, y de que podían llamarle de un momento a
otro. Llevar en la cartera una visa que jamás había utilizado y
tener enfrente una tienda de Zara hicieron el resto. También se
compró una camisa, ya puestos.
A
media tarde seguía sin sonar el móvil. Quitándose con un palillo
los restos de las sardinas enlatadas que se había ventilado,
mientras hacía zapping por la anémica oferta televisiva de esa hora
y a más velocidad de la habitual, el traje nuevo le hacía parece un
yuppie trasnochado que había tomado por asalto la casa y la cocina
de un inmigrante alquilado en un barrio marginal. Porque vivía de
alquiler y en un barrio marginal, qué se habían pensado. Los
escarceos del palillo entre molares y premolares eran puntuados por
el click del mando a distancia y el escritor incomprendido, los ojos
puestos en la pantalla, no era consciente de sendas manchas de grasa
que adornaban, es un decir, la chaqueta y el pantalón. Tal vez
hayamos omitido por descuido que nuestro héroe también se veía
afectado por esta enfermedad, la del descuido. De paciencia tampoco
andaba sobrado, porque ya empezaba a pensar de dónde podía sacar
más dinero para poner un par de anuncios en un par de periódicos, e
incluso a plantearse la opción de unos pasquines en las farolas de
las calles más céntricas...
En
eso golpearon las posaderas del silencio los inmisericordes acordes
de La cucaracha. Ahora no vamos a explicar por qué nuestro
muchacho había escogido aquel politono, probablemente ni el mismo pudiese hacerlo. Nervioso, respondió a la llamada y concertó una
cita con una voz violentamente femenina que le dio el nombre de un
hotel y un número de habitación. Ni al peor de nuestros enemigos
deberías desear una hora y media como la que pasó el hombre hasta
que salió para el lugar concertado, a tres estaciones de metro. Se
mojó el pelo una y otra vez, se cepilló los dientes dos veces,
cuatro veces se puso desodorante, escuchó ocho veces su canción
favorita en un reproductor medio roto y, para relajarse se dijo, se
tumbó en el sofá con los ojos cerrados que combinó con movimientos
involuntarios y espasmódicos de cuello, brazos y piernas.

11 comentarios:
Con un personaje de estos que describes no me importaría llamar para tomar un café o lo que se tercie.
Tus personajes masculinos son siempre dramáticos y perdedores, pero ¡que tiernos! Dan ganas de adoptarlos y arroparlos por la noche previo vaso de leche y una canción de nana.
Un biquiño Manuel.
Pues espera a la segunda parte, Tare. Ya verás lo que le pasa a este... Un bico.
Solo para ti sin que sirva de precedente:
Je,jeje. O como se escriba. Seguro que me sorprendes. Nunca se sabe por donde respiras...
Agradezco tu confianza, Tareixa, que espero no defraudar.
Y a mí que este tio me está sonando de algo...
(Muy bien Manuel. Me has dejado intrigada)
Me da que igual estoy inflando mucho el globo y luego se va a desinflar de golpe... : )
El planteamiento promete. Manuel, ahora te jodes y le haces un final a la altura, que nadie te mandó escribir una gran primera parte.
Lo que dice Glub. Ahora el foro expectante...
Noto la presión, chichos. Aunque os confieso que a mi lo que más me mola es arrancar historias... luego suelo terminarlas de cualquier forma. (Táctica desinfladora marca ACME).
¿Chichos?
Ja, ja, ja, me esmendrello!! Ni me había dado cuenta!.
Pero... ¡ qué buenos los Chichos!. Me encanta la rumba.La versión de "All my loving" de LOs Manolos me parece lo más grande que se ha hecho en este país en siglos. Un bico.
Publicar un comentario en la entrada