Los viernes hay
regocijo general en el barrio. Lo anuncia de mañana el semblante
risueño del dueño del bar de enfrente a mi edificio, que se ve ante
la mejor caja de la semana. La tarde- noche del viernes ha entrado
por pleno derecho en el territorio del mito y sus mieles legendarias
son glosadas por cientos de poetas que, como yo, no se sonrojan de
llamarse como tales y menos aún de glosas como esta. Digresión en
vena, que es viernes por la tarde, el sol se retira y los hombres
acechan sentados a la puerta del bar, las parejas se van por la
carretera...
Cuando se les
cuele la letra de una canción pop en algún escrito, ustedes sigan
adelante, como hago yo, ya sea que estén con un relato de ficción,
la memoria de materiales de una empresa o una justificación para el
cole del nene. No hay nada como dejar correr la cerveza y las
palabras un viernes por la tarde, cuando la noche pisa despacio la
ciudad y los corazones angelicales se visten sus mejores galas para
una ilusión que ahora nos llena de ternura, en la distancia de estos
años, ya en la orilla de casi todo.
Sales a la calle
como si fuese a por fruta y sientes en el aire la inminencia de algo
que nunca se concreta, la magia del tiempo en el que reina el ocio,
la sensación de que se nos ha conmutado una pena. Cada uno con las
suyas aún a cuestas, pero como si pesaran menos, como si fuesen una
arruga en el traje o un descosido del vestido, bajamos a la calle a
ver la vida de gala y júbilo contenido. Los niños patean los
guijarros con saña y arrastran con furia las mochilas escolares,
camino de su insoslayable libertad, arrebatando con gritos y
canciones trozos de alegría de cada acera, de cada bloque de
hormigón. Los niños se abrazan como posesos a las farolas con un
sólo brazo, el otro en la cartera, y sueltan por la boca su cántico
puro, su verso prestado, su lúcida ignorancia...
En las plazas con
bancos dignos de ser hollados por sus traseros flamígeros, muchachos
y muchachas se arraciman y se carcajean de la vida entera la
tarde-noche de cualquier viernes. Se mofan de la esperanza en sus
narices porque llevan los bolsillos repletos de ella, porque son
inmortales en la ciudad mortal, porque tienen tanta vitalidad que
podrían hacer estallar el aire con canciones coreadas al unísono
durante horas y horas, mientras se desvive la sesión continua del
fin de semana.
Muchachos y
muchachas insultantemente hermosos e inmortales se apoderan de la
melancolía del atardecer y la hacen papilla con sus ganas de
estallar, con su aliento y su inminencia de algo que le anuncia la
sangre de sus venas y es solo la vida y la furiosa sentencia de vida
que les ha sido dictada. Y aquí es cuando contaría un chiste,
porque se me van a dormir de tanta transcendencia de medio pelo.
Y aún me faltan
las parejitas jóvenes y las parejas no tan jóvenes y las familias
maduras y los solteros medio desesperados y los separados y
divorciados y los jubilados y los ancianos, todos enrolados en el
catamarán del viernes tarde o noche y buscando su solaz en
diferentes malecones, con guiños a sus pares y vistiendo cada bar de
fiesta. Ellas engalanadas, ellos amortizados, todos un poco rotos,
todos un poco estáticos, pero con cada pupila un poco dilatada, el
metrónomo dispuesto para comenzar su danza.
Señores, los
viernes hay regocijo democrático en el barrio, los soseras y los
raros que no me lo revienten.









