viernes, 30 de marzo de 2012

APUNTES PARA LA ALEGRÍA


Los viernes hay regocijo general en el barrio. Lo anuncia de mañana el semblante risueño del dueño del bar de enfrente a mi edificio, que se ve ante la mejor caja de la semana. La tarde- noche del viernes ha entrado por pleno derecho en el territorio del mito y sus mieles legendarias son glosadas por cientos de poetas que, como yo, no se sonrojan de llamarse como tales y menos aún de glosas como esta. Digresión en vena, que es viernes por la tarde, el sol se retira y los hombres acechan sentados a la puerta del bar, las parejas se van por la carretera...
Cuando se les cuele la letra de una canción pop en algún escrito, ustedes sigan adelante, como hago yo, ya sea que estén con un relato de ficción, la memoria de materiales de una empresa o una justificación para el cole del nene. No hay nada como dejar correr la cerveza y las palabras un viernes por la tarde, cuando la noche pisa despacio la ciudad y los corazones angelicales se visten sus mejores galas para una ilusión que ahora nos llena de ternura, en la distancia de estos años, ya en la orilla de casi todo.
Sales a la calle como si fuese a por fruta y sientes en el aire la inminencia de algo que nunca se concreta, la magia del tiempo en el que reina el ocio, la sensación de que se nos ha conmutado una pena. Cada uno con las suyas aún a cuestas, pero como si pesaran menos, como si fuesen una arruga en el traje o un descosido del vestido, bajamos a la calle a ver la vida de gala y júbilo contenido. Los niños patean los guijarros con saña y arrastran con furia las mochilas escolares, camino de su insoslayable libertad, arrebatando con gritos y canciones trozos de alegría de cada acera, de cada bloque de hormigón. Los niños se abrazan como posesos a las farolas con un sólo brazo, el otro en la cartera, y sueltan por la boca su cántico puro, su verso prestado, su lúcida ignorancia...
En las plazas con bancos dignos de ser hollados por sus traseros flamígeros, muchachos y muchachas se arraciman y se carcajean de la vida entera la tarde-noche de cualquier viernes. Se mofan de la esperanza en sus narices porque llevan los bolsillos repletos de ella, porque son inmortales en la ciudad mortal, porque tienen tanta vitalidad que podrían hacer estallar el aire con canciones coreadas al unísono durante horas y horas, mientras se desvive la sesión continua del fin de semana.
Muchachos y muchachas insultantemente hermosos e inmortales se apoderan de la melancolía del atardecer y la hacen papilla con sus ganas de estallar, con su aliento y su inminencia de algo que le anuncia la sangre de sus venas y es solo la vida y la furiosa sentencia de vida que les ha sido dictada. Y aquí es cuando contaría un chiste, porque se me van a dormir de tanta transcendencia de medio pelo.
Y aún me faltan las parejitas jóvenes y las parejas no tan jóvenes y las familias maduras y los solteros medio desesperados y los separados y divorciados y los jubilados y los ancianos, todos enrolados en el catamarán del viernes tarde o noche y buscando su solaz en diferentes malecones, con guiños a sus pares y vistiendo cada bar de fiesta. Ellas engalanadas, ellos amortizados, todos un poco rotos, todos un poco estáticos, pero con cada pupila un poco dilatada, el metrónomo dispuesto para comenzar su danza.
Señores, los viernes hay regocijo democrático en el barrio, los soseras y los raros que no me lo revienten.

martes, 27 de marzo de 2012

FUTURO


Llevo más de media vida empeñado en ser una buena persona y todavía no lo he conseguido. De vez en cuando oigo decir de mi que soy un buen tío. Suelo pedir que lo repitan, sobre todo si son féminas, por si lo transforman en tío bueno, pero quiá. Uno no elige dónde le ponen los adjetivos. Tampoco es que me haya esforzado mucho por alcanzar algún día ese estatus, el de buen tío: lo justo para poder sobrevivir en el intento. Hay gente que se ha empeñado en todo lo contrario, Rasputín a la cabeza, y logrado pasar a la historia. Yo no deseo pasar a la historia. Ni siquiera deseo pasar. Es más, me gustaría no tener que pasar, sino quedarme más rato.
Hay quienes confunden la volición o el hecho de ser bondadoso con la desgracia de ser tonto. La proliferación de los tales explica, entre otras cosas, que el mundo esté como está. Esta mezcla de cinismo e hipocondría. Por ejemplo: el comportamiento esquizofrénico que lleva a empeñarnos en detener el reloj biológico con ayudas naturales y artificiales y al mismo tiempo vivir frenéticamente cada minuto. No queremos envejecer pero vivimos deprisa. No sabemos disfrutar de las bondades de la existencia porque desconfiamos de ellas, porque las dejamos sepultadas por una capa ingente de novedades artificiales y artificiosas. Los clásicos, las obras clásicas de cualquier arte son relegadas porque se abordan como objetos de consumo, no de placer o de conocimiento. Estas obras no generan derechos de autor si tienen más de 50 años, por lo que la inversión publicitaria se centra en obras coyunturales, menores, perecederas. Cambiamos a Edith Piaf, Chaplin, Dickens por autores de los que no nos acorderemos dentro de un par de años.
También consumimos ocio como quien engulle comida basura: sólo porque tiene un sabor fuerte y nos sacia. Ciertos programas de televisión resultan paradigmáticos: todo el mundo los denigra pero ostentan los mayores índices de audiencia. El proceso de envilecimiento del ser humano ha caminado de la mano de su implicación en el sistema de producción y consumo que todos sabemos y sobre el que pronunciamos imprecaciones defecatorias con mucha asiduidad en los últimos tiempos. Ahí todos somos culpables, por activa o por pasiva, en un grado o en otro. Pondré un ejemplo: nada nos obliga a tener nuestro dinero en un banco. Basta con dejar lo justo para los recibos en una cuenta y retirar el resto. Se obtienen beneficios nada desdeñables si se paga al contado en ciertas ocasiones. Nos hemos tragado el cuento de que la democracia consiste en ir a un sitio cada cuatro años a votar a unos señores que nos hacen el favor de manejar el cotarro para que podamos quedarnos repatingados en el sofá otros cuatro años. Por eso los sucesos del 15M sólo pueden se contemplados con simpatía, puesto que, al márgen de los resultados, manifiestan la existencia de una sociedad civil, algo que estaba absolutamente en entredicho.
Pero yo había venido aquí a hablar de mis iniciativas para ser mejor persona. Y lo cierto es que, sobre el particular, ya no sé qué quería decirles. Tendré que conformarme, y no es poco, con un verso de Vainica Doble que se me acaba de venir a la cabeza. Nada del otro mundo, algo muy sencillo y elemental y, tal vez por ello, dificilísimo. Léase y adóptese a modo de santo y seña vital:

viernes, 23 de marzo de 2012

TEMPUS FUGIT


 Levo tempo pensando que talvez debera facer público o meu ideario poético e, asemade, a miña declaración de facenda. Digo eu que se os políticos están a facer ostentación de que tributan con puntualidade qué nos custa a nós, que observamos a mesma conduta porque non nos queda máis remedio, imitalos para que non saquen tanto peito. Cando os políticos sacan peito eu bótome a tremer, é un reflexo adquirido na infancia porque son un neno do franquismo, que é coma ser un meniño da rúa pero en perfecto castelán e coa sintonía do NODO de fondo. Bueno, é que nós fomos meniños da rúa: alí estabamos todo o día rompendo os zapatos, a crisma, os xeonllos alleos, os cristais dos veciños e poñendo sempre cara de non romper un prato. Toda a santa tarde ata a noitiña fóra da casa, e sen tocar unha academia de inglés, de música ou de taekwondo. Coma moito, algún que tiña que ir a pasantía por burro. Non era porque precisara reforzo ou non progresara axeitadamente: alí ibas porque eras burrro e punto. Este tipo de verdades nin se puñan en dúbida nin traumatizaban a ninguén. Ningún rapaz da nosa época sabía que era un psicólogo, soaba a xentilicio dalgunha rexión de Arxentina. Tampouco nos traumatizaba non ter un can nos petos, comer o pan reseso ou levar unha labazada por contestarlle mal aos pais.Porén, ninguén contestaba mal ao seu pai ou a súa nai: había coma un consenso universal en que obedecer non custaba nada e desobedecer deixaba marcas.
Eu fun dándolle forma ao meu ideario poético sen decatarme, como é preceptivo salvo que sexas un pijo intelectual, que entón é obrigatoria unha escolla á carta. Cando nenos non había pijos por ningures. Foi unha raza que apareceu máis tarde, ou polo menos que empezou a sair polo sitios onde nós andabamos moito máis adiante. O pijo vulgaris é unha raza cativa e indocumentada que se nutre das clases media con aspiracións. Esto foi o que sempre pensei e ás veces, sobre todo os domingos pola tarde, aínda teimo en pensar. Despois dinme conta de que os pijos tamén teñer dereito a vivir sen que os menosprecen polo feito de selos e, segundamente, de que os pijos tamén choran.
Trabar coñecemento, nomeadamente á distancia, co elemento femenil do pijerío axudou moito á miña rectificación afectiva. Ademáis, tanto eu coma algúns coma min que, casualmente, pelexaron ao meu carón aquela guerra da adolescencia, tamén sofremos a xeral adxucación de epítetos clasificadores que se levaba naquel tempo. Foi unha fervenza catalogadora, unha pulsión por inventariar e seres inventariado que estourou nos oitenta con todo aquelo das tribus urbanas. A nós tratábanos de mataos. Tal era o nivel de despiste que provocabamos no resto do persoal xuvenil.
Lembro unha incursión que fixeramos por un Vigo que fervía de modernidade e o aceno entre desconfiado e desconcertado dun grupiño con chupas de coiro e chapas e a pregunta que nos retratou e provocounos, alí, nunha rúa viguesa calquera un sábado pola noite, unha vértixe existencial desproporcionada: e vós, de que ides?. Había que ir de algo, e decidimos rebelarnos.
Sempre sentín pola poesía un aquel de respecto reverencial e unha estrana filiación emocional que eu explicaba polo meu idilio coas maravillas da linguaxe, xa inculcado ben cedo, cando a maestra nos facía escribir mil veces nun papel unha frase para penar unha falcatruada recén cometida. Mil veces, que se di axiña. Que hoxe provocaría o teu ingreso en prisión e, por suposto, a expulsión do corpo educativo e a destrucción de partes do teu corpo por parte dos angustiados pais das angustiadas criaturiñas. Eu vin escachar unha cana de bambú na un tanto estéril testa dun compañeiro de clase só precisamente por non obter os frutos apetecidos dela, da testa; quero recordar que por mor da lista dos ríos de Europa. Non digo eu que esté ben iso de medir a consistencia dos paus e os bimbio en lugares indefensos da nosa anatomía, pero ningúen sospeitaba que en pouco tempo as vítimas pasarían a ser tratadas coma especies en risco de extinción.
O caso é que o tempo máis que pasar escorrega e agora todo é diferente e non necesariamente mellor nin peor, adepende que diría o filósofo. E o caso é que xa non teño oco para falar dese importantísimo tema que é o meu ideario poético. Terá que quedar para outra.

martes, 20 de marzo de 2012

ESTRATEGIAS (2)


 Hasta que cierto día en el que Martiño miraba sin emoción alguna el plato de comida de Amparo mientras daba cuenta del suyo, un haz luminoso implosionó en alguna parte de su cerebro y, como en un ataque de nervios, se puso a reir a mandíbula batiente ante el desganado asombro de su conyuge. Esa noche Martiño cenó dos platos de las lentejas que habían sobrado del mediodía y aún tomó queso y membrillo a modo de postre. Amparo no dijo nada.
Tampoco comentó nada los días siguientes, cuando su marido continuó dando muestras de un apetito voraz que lo llevaba a hacer desaparecer desorbitadas cantidades de comida delante de sus propias narices. En una semana Martiño engordó dos kilos y Amparo comenzó a inquietarse. Durante la segunda semana, él continuó con una pauta de ingestas exageradas que contrastaban vivamente con la exigua deglución de ella pero, mientras Martiño se mostraba relajado y sonriente, Amparo apenas podía sujetar su nerviosismo. Salvo a la hora de las comidas, su rutina diaria se mantenía inalterada, lo que no hacía sino subrayar lo excepcional de aquel comportamiento.
Cuando Martiño ya había ganado cinco kilos, llegado una tarde a casa con un par de bolsas con ropa nueva y, durante la cena, servido una generosa porción de tortilla de patatas, Amparo, consciente o insconscientemente, se encogió ligeramente de hombros delante de su plato, en el sólo había un trozo de queso fresco y una rodaja de pavo asado. Ese gesto inédito fue el preludio de otro más sorprendente: Amparo dirigió el cuchillo hacia la tortilla de patacas, cortó un buen trozo y, depositándolo en su plato, empezó a trocearlo y a engullirlo sin pausa. Martiño, que había dejado de comer al instante, la estaba mirando fijamente. Había apartado su plato de comida y ya sólo la observaba con atención y creciente dulzura, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla en un mudo y esforzado grito de victoria.

viernes, 16 de marzo de 2012

ESTRATEGIAS (1)



Martiño era de baja estatura, rechoncho, barbado, y no se llamaba Martiño. Había escogido ese nick en homenaje a todas las tardes de su adolescencia en las que un disco de Martiño da Vila sonando repetida e inmisericordemente había despertado en él instintos asesinos hacia su hermano mayor, Milucho, fan irredento del cantautor brasileño. Nunca nadie antes había estado tan cerca de paladear físicamente la textura y sabor de un disco. Concretamente el single A vida vai mellorar, que machachó su cerebro como un sádico martillo eléctrico en una etapa de su vida en la que encadenó tres rupturas sentimentales. Cierta tarde de otoño llegó a oir al músico cantar A vida faime chorar. Dos veces.
Nuestro Martiño trabajaba de 8 a 3 en una sucursal de Cajasur en el Norte de Lugo, cosas que pasan. Su vida era paradójica y pacífica. Escribía largos poemas de rima asonante sobre la brevedad de todo en general y relatos cortos levemente inspirados en Poe para Docenas de errores, su blog desde hacía año y medio. En Sabor de amor publicaba estériles reñeñas de los escasos conciertos a los que acudía, profusos comentario de sus discos favoritos, panegíricos de los últimos músicos que habían dejado de serlo de modo prematuro y enlaces a youtube de sus cientos de canciones preferidas.
Se pasaba tanto tiempo ante su portátil como el que tardaba la paciencia de Amparo en agotarse y ella misma en irrumpir en su sancta sanctorum, los brazos en jarras, con una muda exigencia para que utilizase las dos manos en algo más productivo que aporrear el teclado. Martiño consideraba justo el reparto de las tareas del hogar pero sólo desde un punto de vista filosófico. En la práctica, todo cuanto tocaba terminaba hecho añicos en el suelo, partido en dos en sus propias manos o quemado en una sartén. Era una persistente amenaza para la vajilla y un negado de tomo y lomo para todo tipo de tareas domésticas. Pero Amparo no estaba dispuesta ni mental ni empíricamente a que internet engulliese a su media naranja cual exprimidor eléctrico y no se fiaba, además, del jugo que pudiese salir de ahí. No leía nada de cuanto Martiño escribía por la noble y sencilla razón de que le importaba un bledo. Amparo era una mujer delgadita y rubia con un carácter firme y un corazón de oro, que ocultaba, como suele suceder con los que atesoran tal bien, tras una fachada adusta y un proceder exigente.
Eran una pareja que se llevaba estupendamente, con sus riñas ocaionales, que solía finiquitar Martiño leyéndole unos ripios ad hoc con voz de gato estrangulado y que ella celebraba con un almohadazo, normalmente certero, para silenciar al payaso. Todo iba de perlas hasta el día en que a Amparo se le dio por imaginar que estaba gorda. Era un día cualquiera de la semana, finales de Noviembre, ni siquiera tenía la regla. Se miró el en un espejo y se vio gorda. Este es el simple enunciado de una sucesión de meses de zozobra en aquella idílica travesía del mar de la felicidad, camino del remanso de una vejez dichosa. Si Amparo decía que estaba gorda es que estaba gorda y punto. Hasta ahí llegaba Martiño sin tener que contar por los dedos. Pero entonces ella pasó de la desazón a la inquietud, de la inquietud a la autocompasión, de la autocompasión al desespero y del desespero a la depresión. Todo en el tiempo record de tres meses, mientras su marido lo intentaba de todas las formas posibles: indiferencia, preocupación, implicación, culpabilización... Probaron con médicos del seguro, psiquiatras, sanadores, naturópatas, homeópatas, y algún que otro psicópata. Aceptaron técnicas diversas y extrañas que cambiaban a los tres días siguiendo los consejos de un nuevo iluminado. De todo menos una dieta, porque era imposible que Amparo comiese menos.
Aunque acostumbrado, a Martiño le resulta doloroso contemplar el esquelético cuerpo de su esposa y se sentía inerme ante aquel poderoso enemigo que se había instalado en la psique de Amparo. Ya se había rendido, incapaz de imaginar otra terapia a la que acudir, otro remedio que probar. Notó como él mismo se internaba en las poderosas fauces de la depresión. El silencio se había apoderado del piso donde vivían, de su relación, de su futuro...

martes, 13 de marzo de 2012

MOITO QUE ROER


 Na miña cidade, por chamarlle algo, que xa me dixo un de USA que isto era town e non city, haiche varias desgrazas. Unha delas leva o nove da vila: Pontevedra. E de apelidos: Fútbol Clube.
Estamos na terceira división, que según as matemáticas é unha cuarta, porque hai dúas segundas...
Caimos neste pozo afogados polas débedas e agora estamos en proceso concursal. O actual presidente, posto no sitio doutro que ten a maioría de accións, ameaza con presentar a demisión. Catro meses antes do san Xoán, e co click dos primeriros chisqueiros: é demasiado consciente de ser un home de palla.
No terreo deportivo vainos de pena, tamén: competimos con equipos das aldeas limítrofes, que veñen a Pasarón como se fose Maracaná. Cando escoito que os nosos rivais só aguantan 70' a bo ritmo porque os nosos adestran todos os días, caéseme a alma aos pes. Agáchaste a recollela e topas no chan, coa lingoa fóra, a un par de dianteiros rivais... en canto á táboa clasificatoria, non somos quen de subir do cuarto posto. No bar do estadio seica agasallan cunha entrada ao que se pimple dúas cervexas: para o que hai que ver, mellor facelo bébedo.
Da tempada pasada lembro varias anécdotas moi descriptivas. O noso dianteiro centro levaba unha seca de ducias de partidos sen marcar. Loitaba coma un gabato (como deixou nas aturdidas ondas da radio local un ex-presidente) e casi tiña que entrar agatuñando no vestiario (case o poño con b) ao remate dos partidos, pero o tipo non daba unha. Un día vino coller o balón para lanzar un penalty e á grada berrando “No, non”, “¡por favor, ese non!” e así. Mandouno ao pao, por suposto. Pois ben, a este pobre rapaz, a unhas xornadas de consumarse o descenso, esperárono un grupo de afeccionados ao remate dun encontro. Seica querían endereitarlle o punto de mira a labazadas. Acabou perseguido en coche ata o seu domicilio e con posterior denuncia na comisaría.
En canto aos despachos, esta tempada todo ten aire de tómbola. Eiquí veñen empresarios do país ofrecendo unha morea de cartos e unha fregoneta chea de xogadores de segunda man pero non os deixamos nin asistir a unha asamblea (non vaia a ser certo).
Para min que vivimos demasiado da nostalxia, dos tempos do Hai que roelo. Para min que de tanto roer xa non queda a penas óso...

viernes, 9 de marzo de 2012

GLORY DAYS


John Herber Lekmannn pasou á historia coma vocalista e líder dos Beautiful Wishes, a prolífica banda de rock&pop de Leicester. O seu primeiro hit, We are from Leicester, arrasou nas emisoras de Leicester e pouco a pouco foise espallando polas dos condados veciños. Nun ano tiña tras de sí unha morea de emisoras arrasadas. Os críticos non eran quen de poñerse dacordo: que si pop, que si rock, ata que un deles, Alistair Smart, inventou a etiqueta rock&pop e quedou tan pancho. Pouco amigos das etiquetas e da roupa de marca, os Wishes (como lles acabou chamando todo quisque) sempre dixeron que o seu era hardcore melódico, ninguén sabe todavía por qué. O caso é que as súas cancións foron conquistando o corazón do público, e os seus discos os petos do público, de tal xeito que ao seu disco de debut seguiulles un segundo e un terceiro, líderes en ventas no Reino Unido, que semellaba ter un gusto musical homoxéneo. John Herber era o principal culpable desta xeira exitosa: compositor da meirande parte da discografía do grupo, era un frontman carismático que cando tiña que cuspir á audiencia cuspía sen medo, cando tiña que chamarlles de todo, chamáballes de todo, e cando tiña que facer un bis, metíase para adentro antes de sair outra vez, coma está mandado dende que algún parvo fíxoo primeiro e foi copiado polo resto. Tonight is dark, The song remains unsung e Pieces of my heart, os tres singles do seu terceiro traballo, sacaron á súa productora do marasmo no que levaba o que se levaba de década (falamos do 79) e puxeron a John Herber na cima dos compositores ingleses de nai alemana. A súa forma de cantar, entre o berro sentido e o doce aloumiño, pousando as estrofas nas orellas para de súpeto mazalas con violencia poñendo a proba tímpanos e sistemas nerviosos, traspasou fronteiras e foron invitados a tocar na Península Ibérica. En Outubro de 1979 Beautiful Wishes presentou os seus respectos ao público do Seborock (Belchite). O público do Seborock, que esperaban aos Iron Maiden e non foron avisados ata cinco minutos antes, presentaron aos de Leicester os mellores produtos das hortas circundantes, xunto cunha chea de pedras e paus. John Herber aínda recorda ese momento entre risas, pese a unha pequena cicatriz que leva dende entón no queixo.
A mediados dos oitenta, en pleno proceso de producción do que sería o xenial Everything is going up or coming down, a oficiña do grupo en Londres recibe unha invitación para tocar no CBGB neoiorquino. “Anque sexa nadando” disque dixo Herber cando o soubo. Anos despois unha fonte do reputado clube de Manhattan confesou que se trabucaran co nome e que en realidade querían convidar a It's a Beautiful Day. Esta versión vese apoiada polo feito de coincidar no tempo a presenza na plantilla do management do CBGB dun tal Belmonte Pardo, de Albacete, que disque foi quen se encargou das xestións. O bolo dos Wishes no CBGB deixou atónito a propios e estranos. Tom Verlaine, de Television, fregaba os ollos nun curruncho, incapaz de asumir a presenza do combo inglés. Rematou cunha conxuntivite. Ao día seguinte a prensa musical amosaba a súa estupefacción en estupefactos reportaxes sobre a actuación. Ninguén sabía se tiñan escoitado a uns xenios o a uns estafadores. “Xenios, xenios” respondía John Herber preguntado sobre particular por un periodista, a quen os propios compañeiros tiñan por un pouco parvo, antes de voltar a Inglaterra.
O éxito de Everything is going up or coming down, coma tantas veces nestes casos, non foi ben dixerido polo grupo. Os catro membros cambiaron de coche e de moza, en ámbolos casos por cuestións de aerodinámica. Herber comenzou a coquetear coa coca pero a súa sinusite crónica pechoulle o paso. Das agullas non quería nin falar, as pílulas dábanlle noxo por culpa da sinusite crónica e das moreas delas que tiña tragado... acabou sendo unha das poucas estrelas do rock (e a única do rock&pop) en absterse de drogas. Disque isto acomplexouno moito e tivo que ver coa súa actitude groseira na escea e o seu trato displicente cos fans.
A mediados dos oitenta os Wishes eran un grupo de sona internacional e non fallaban en Reading, Glastonbury e no Monsters of Rock de Leicestershire. Eso sí, ao Seborock endexamáis voltaron. Nunca foron moi valorados polos compañeiros de profesión pero os números cantaban aínda máis ca eles mesmos.
Imos deixar eiquí este relatorio das glorias deste grupo estelar, deixando as súas postreras fazañas para unha vindeira ocasión da que esperamos poder desfrutar.

martes, 6 de marzo de 2012

GUAPOS Y GUAPAS


 Como es bien sabido, la culpa de todo la tiene Yoko Ono, pero podemos apuntar unos cuantos cómplices para irnos entreteniendo. Recordemos que la viuda de Lennon no deja de ejercer de tal desde que accedió a dicho estatus de la truculenta manera que ustedes seguro recordarán. Yo estaba en el insti y lo comentó un compañero en clase. Me impresionó un poco. Lo justo. No es que yo no sea impresionable, que lo soy, es que entonces, y ahora, era y soy más de los Rolling. Siempre tuve más que ver con Mick Jagger que con, pongamos, Paul MacCartney. Siempre tuve un careto difícil, vaya. Y a mucha honra: Belmondo, Gainsgbourg.... Ringo Starr ahora que lo pienso!!!. Pero ¿ustedes contemplaron en el cinematógrafo a Barbara Bach, la señora de Ringo?: un poquito de por favor... Ser guapo está sobrevalorado. Clarísimamente. El hombre y el oso y todo eso... Cuando el amargado de Boris Vian escribió aquello de Que se mueran los feos se refería a los feos de corazón, que parece que hay que explicarlo todo. Además era gabacho de la Francia. Cortadores de cabezas y volcadores de camiones. Belmondo y Gainsgbourg también eran franceses, me dirá usted. Sí, pero eran feos. ¿Acaso Yoko Ono es guapa?. Si Yoko Ono es guapa yo soy un Beatle. Es viuda y va que chuta. Además alguien que iba de artista conceptual antes de ir de viuda no puede ser guapo o guapa. Los artistas conceptuales son feos por antonomasia y definición.
Tengo puesto el Abbey Road y está empezando esa maravilla de Here comes the sun. Harrison era guapo y bien que se nota en su música. Si seguimos así llegaremos a Janis Joplin y habrá que cerrar el pico, de modo que cambiemos de tema. Volvamos a los cómplices de la pobre Yoko. Un suponer: Berlusconi. Un hombre que canta. Un hombre culpable. No alcanza todo el software de este programa informático para decir todo lo que se puede decir de este sujeto. Alguien debería presentarle a Yoko Ono. Alguien debió haberlo hecho hace medio siglo, cuando era una velina japonesa y todos los gatos eran pardos. ¿Se imaginan a Berlusconi de artisto conceptual, azote de políticos y magnates? ¿se imaginan los tres discos siguientes al Let it be?. Pero, basta ya, que yo soy de los Rolling....

viernes, 2 de marzo de 2012

FUXIDA


Cando por fin puxo os pes no chan, o do número 7 gastado decatouse cunha lucidez que o enchoupou de súpeto, de que aquilo non ía ser doado. O resto, contendo as gañas de estourar en berros de ledicia, xa se encamiñaban cara a porta do local, por onde saíron todos a empurróns uns cos outros. Diante ía o toleirón da cachola gastada, quen dou con ela no chan cando tropezou no primeiro pau que se lle puxo por diante. As risas dos outros non agochaban o medo ao mundo no que se estaban a aventurar e ás circunstacias adversas e descoñecidas que lles agardaban.
O primeiro obxectivo, tal e como falaran nos longos tempos de ocio, era achegarse á vila, e unha vez alí, averiguar qué podía ter o futuro disposto para xente coma eles.
O coxo do pe esquerdo quedábase atrás e a cada pouco tiñan que agardar por el pero chegaron á parada do Castromil cos ánimos en pe, achegándose ás paredes e muros para non ser avistados. Coáronse dentreo entre a xente que subía e apiñáronse debaixo dun asento. Xa cando todo non era máis cunha esperanza planificada con esmero, sabían que ficar xuntos multiplicaría as posibilidades de éxito, se conseguían pasar inadvertidos: o único inconvinte daquela fuxida en grupo.
O balbordo de claxons, motores de autos, freadas, voces e berros, anunioulles a chegada á vila e baixaron entre os pes dos viaxeiros que se apearon alí sen maior complicación. O mancado do brazo dereito, que se sentía moito máis eivado aí afora, propuxo buscar un portal para xuntarse a falar.
A carón dunha tenda de telefonía móbil, trala porta medio aberta dunha casa de dúas plantas, celebraron a súa primeira reunión en liberdade. Qué imos facer agora? Plantexou sen rodeos o do número 7 gastado. O que levaba o brazalete de capitán sentiuse obrigado, coma sempre, a dicir algo, e propuxo ir cara o centro da vila, tentando atopar un oco seguro para pasar a noite.
Aquela tropa miúda foise movendo paseniño na tarde de Agosto, mentras a forza do sol principiaba o seu devalar con puntualidade. Como pasa case todo, sen pensalo, atopáronse de súpeto co seu destino cando dous deles abocaban unha rúa sen saída. Ían os demáis a por eles cando viron diante de un rapazolo duns dezasete anos fitándoos con ollos ben abertos. E hai máis escoitaron case en voz baixa, antes de que unhas mans veloces os pañaran sen máis pamplina.
Salvo o toleirón da cachola gastada, a quen tanto lle ten oito coma oitenta, todos eles decátanse de que, ben pensado, aínda tiveron sorte. Poideron rematar no camión do lixo, ou esnaquizados a golpes ou no patio dunha chatarrería calquera. Non, ben pensando non se está tan mal nese estante recén vernizado, trofeos imposibles que rememoran una nenez esgotada.